Sin embargo, en una hora fueron reunidos para su demolición rítmica por números; y ya los artilleros franceses, que también llevaban algodón pólvora, habían descendido con intenciones sobre el puente cercano. No eran muy buenos, pero al segundo intento le causaron algún daño.
Desde la altura de Tel Arar, antes de que el espejismo empezara a bailar, examinamos Deraa detenidamente con mi catalejo de larga vista, deseando ver qué nos tenían reservado los turcos para este día. El primer descubrimiento fue inquietante. Su aeródromo era un hervidero de cuadrillas que sacaban máquina tras máquina a campo traviesa. Pude contar ocho o nueve alineadas.
Por lo demás, las cosas estaban como esperábamos. Unos pocos infantes corrían a ocupar la posición defensiva y disparaban sus cañones hacia nosotros, pero estábamos a cuatro millas de distancia. Las locomotoras estaban levantando presión, pero los trenes no estaban blindados. A nuestra espalda, hacia Damasco, el paisaje yacía tan inmóvil como un mapa. Desde Meserib, a nuestra derecha, no había ningún movimiento. Teníamos la iniciativa.
Nuestra esperanza era disparar seiscientas cargas, a modo de tulipanes, dejando fuera de servicio seis kilómetros de vía férrea. Los tulipanes habían sido inventados por Peake y por mí para esta ocasión. Treinta onzas de algodoncólvora fueron colocadas bajo el centro del travesaño central de cada sección de diez metros de la vía. Los travesaños eran de acero, y su forma de caja dejaba una cámara de aire que la expansión de los gases llenaba, para hacer saltar el centro del travesaño hacia arriba. Si la carga estaba bien colocada, el metal no se rompía, sino que se encorvaba, como un capullo, dos pies en el aire. * El impulso de este levantaba los rieles tres pulgadas; * el arrastre los juntaba