mientras mis hombres entrenados hacían una labor maravillosa ayudando a los caídos o subiendo a sus ancupas a aquellos cuyos camellos se habían levantado demasiado heridos para poder galopar. El terreno aún estaba embarrado y las franjas aradas resultaban más fatigosas que nunca; pero a nuestras espaldas quedaba el tumulto, incitándonos a nosotros y a nuestros camellos al esfuerzo, como una jauría que nos acosara hacia el refugio de las colinas. Por fin entramos en estas y abrimos camino por una ruta mejor hacia la paz, aunque montando a nuestros animales agotados con toda la fuerza posible, pues el alba se acercaba. Gradualmente el ruido a nuestras espaldas se fue apagando y los últimos rezagados ocuparon su lugar, conducidos, como en la marcha de avance, por el látigo de Ali ibn el Hussein y el mío propio en la retaguardia.
Amanecía justo cuando bajábamos hacia la vía férrea, y Wood, Ali y los jefes, que marchaban ahora al frente para reconocer el paso, se divirtieron cortando el telégrafo en muchos puntos mientras la comitiva avanzaba.
¡Habíamos cruzado la línea la noche anterior para volar el puente de Tell el Shehab y cortar así Palestina de Damasco, y estábamos cortando en realidad el telégrafo de Medina después de todos nuestros esfuerzos y riesgos!
Los cañones de Allenby, que aún estremecían el aire allá a nuestra derecha, eran amargos testigos del fracaso que habíamos sido.
El alba gris avanzaba con cierta dulzura, presagiando la gris llovizna que vino después, una llovizna tan suave y desesperanzada que parecía burlarse de nuestro andar cojeante y penoso hacia Abu Sawana. Al atardecer llegamos a la larga charca de agua; y allí los rezagados de nuestro grupo sintieron curiosidad por los detalles de nuestros errores.