Se vestían como un macizo de tulipanes, de todos los colores menos blanco; pues ese era mi atuendo constante, y no querían parecer presuntuosos. En media hora se preparaban para una cabalgata de seis semanas, siendo ese el límite de víveres que se podían llevar en el arzón de la silla. Despreciaban los camellos de carga por considerarlos una deshonra. Viajaban día y noche según mi capricho, y consideraban una cuestión de honor no mencionar jamás el cansancio. Si un recluta se quejaba, los demás lo hacían callar, o desviaban el curso de su queja, brutalmente.
Peleaban como demonios, cuando yo quería, y a veces cuando no, especialmente contra los turcos o contra forasteros. Que un guardia golpeara a otro era la ofensa suprema. Esperaban una recompensa desmedida y un castigo desmedido. Se jactaban por todo el ejército de sus penas y sus logros. Mediante este desvarío en todos los grados, se les mantenía dispuestos para cualquier esfuerzo, cualquier riesgo.
Abdulla y el Zaagi los gobernaban, bajo mi autoridad, con una crueldad mitigada únicamente por el poder de cada hombre para abandonar el servicio si así lo deseaba. Sin embargo, solo tuvimos una dimisión. Los demás, aunque adolescentes llenos de pasión carnal, tentados por esta vida irregular, bien alimentados, ejercitados, ricos, parecían santificar su riesgo, estar fascinados por su sufrimiento. La servidumbre, al igual que otras conductas, se veía profundamente modificada para las mentes orientales por su obsesión con la antítesis entre la carne y el espíritu. Estos muchachos se complacían en la subordinación; en degradar el cuerpo para hacer resaltar con más fuerza