Unos diez días yací en aquella tienda, sufriendo una debilidad corporal que hizo que mi yo animal se arrastrara y se escondiera hasta que pasó la vergüenza.
Como de costumbre en tales circunstancias, mi mente se despejó, mis sentidos se volvieron más agudos y comencé por fin a pensar de manera consecutiva en la Revuelta Árabe, como un deber habitual en el que apoyarme contra el dolor.
Debería haberse meditado mucho antes, pero en mi primer desembarque en el Hiyaz había habido una clamorosa necesidad de acción, y habíamos hecho lo que el instinto dictaba como mejor, sin indagar en el porqué, ni formular lo que realmente queríamos al final de todo.
El instinto, maltratado de este modo sin una base de conocimiento previo y reflexión, se había vuelto intuitivo, femenino, y ahora estaba descoloriendo mi confianza; así que en esta inactividad forzosa busqué la ecuación entre mi lectura de libros y mis movimientos, y pasé los intervalos de sueños y vigilias inquietas desmarañando el enredo de nuestro presente.
Como he demostrado, desgraciadamente estuve al mando de la campaña tanto como quise y carecía de preparación. En teoría militar estaba medianamente leído; mi curiosidad de Oxford me había llevado más allá de Napoleón hasta Clausewitz y su escuela, hasta Caemmerer y Moltke, y los franceses recientes. Todos ellos me habían parecido unilaterales; y tras examinar a Jomini y Willisen, había hallado principios más amplios en Saxe, en Guibert y en el siglo XVIII. Sin embargo, Clausewitz era intelectualmente tan superior a todos ellos, y su libro tan lógico y fascinante, que acepté inconscientemente su