Ellos aceptaron su perorata de mal humor, diciendo que era costumbre de los Beni Sakhr disparar sobre los desconocidos. Alí aceptó esto como un hábito suyo, y un buen hábito en el desierto, pero protestó que su inopinada aparición contra nosotros desde tres flancos demostraba una emboscada premeditada. Los Beni Sakhr eran una banda peligrosa, ni lo suficientemente nómadas como para mantener el código de honor nómada o cumplir el espíritu de la ley del desierto, ni lo suficientemente aldeanos como para haber renegado del oficio del pillaje y la rapiña.
Nuestros recientes atacantes fueron a Bair a anunciar nuestra llegada. Mifleh, jefe de su clan, creyó conveniente borrar la mala acogida con una exhibición pública en la que todos los hombres y caballos del lugar salieron a recibirnos con vítores salvajes, galopes, corvetas, y muchos disparos y gritos. Giraban en círculos a nuestro alrededor en una persecución desesperada, traqueteando sobre las rocas con una monta temeraria y poco respeto por nuestra seriedad, mientras irrumpían dentro y fuera de las filas y disparaban sus rifles continuamente bajo el cuello de nuestros camellos. Se levantaron nubes de polvo de tiza abrasador, de modo que las voces de los hombres sonaban roncas.
A la larga el desfile fue amainando, pero entonces Abd el Kader, considerando que la opinión incluso de los necios es deseable, sintió la necesidad de hacer gala de su virtud. Le gritaban a Ali ibn el Hussein «Dios dé la victoria a nuestro jerife» y contenían a sus monturas junto a mí diciendo: «Bienvenido, Aurans, adalid de la acción».
Así que montó en su yegua, en la alta silla morisca, y con sus siete criados argelinos detrás en rígida fila, comenzó a galopar con finura en lentos círculos, gritando «¡Houp, Houp!» con voz gutural y disparando un revólver al aire con inseguridad.
Los beduinos, atónitos ante semejante actuación, se quedaron con la boca abierta en silencio; hasta que Mifleh se acercó a nosotros y dijo, con