Por la mañana decidimos hacer otra visita a la línea para realizar una prueba más exhaustiva de la acción de las minas automáticas, que medio habían fallado en Aba el Naam. El viejo Dakhil-Allah dijo que vendría conmigo en persona a este viaje; el proyecto de saquear un tren lo había tentado.
Con nosotros fueron unos cuarenta hombres de los Juheina, que me parecieron más recios que los de la aristocrática tribu de los Ateiba. Sin embargo, uno de los jefes de los Ateiba, Sultán el Abbud, íntimo amigo de Abdulla y Shakir, se negó a quedarse atrás.
Este individuo de buen carácter pero alocado, jeque de una sección pobre de la tribu, tenía más caballos muertos bajo él en combate que cualquier otro guerrero ateibi. Tenía unos vecheséis años y era un gran jinete; lleno de ocurrencias y aficionado a las bromas pesadas, muy ruidoso: alto y fuerte, con una cabeza grande y cuadrada, frente arrugada y ojos brillantes y hundidos. Un bigote y una barba jóvenes ocultaban su mandíbula despiadada y la boca ancha y recta, con dientes blancos que brillaban y se cerraban como los de un lobo.
Llevamos con nosotros una ametralladora y su dotación de trece soldados, para hacer parar nuestro tren cuando fuera interceptado. Shakir, con su grave cortesía hacia el huésped del Emir, nos encaminó durante la primera media hora. Esta vez nos mantuvimos cerca del uadi Ais hasta su confluencia con el Hamdh, encontrándolo muy verde y lleno de pastos, ya que se había desbordado dos veces en lo que iba de invierno. Por fin nos desviamos hacia la derecha, cruzando una zanja para salir a un llano, y allí dormimos en la arena, bastante molestados por un chaparrón que hizo correr pequeños arroyuelos por el suelo hacia la medianoche; pero la mañana siguiente amaneció brillante y calurosa, y cabalgamos hacia la inmensa llanura donde los tres grandes valles, Tubja, Ais y Jizil, confluían y se fundían en el Hamdh.