Como éramos novatos en este estilo de viaje, no sabíamos que la harina seca, el alimento más ligero, era por tanto el mejor para un largo trayecto. Seis meses más tarde, ni Nasir ni yo volvimos a desperdiciar transporte y molestias en el lujo del arroz.
Mis Ageyl—Mukheymer, Merjan, Ali—se habían visto reforzados por Mohammed, un campesino desaliñado y obediente de algún pueblo del Hauran, y por Gasim, de Maan, un forajido de colmillos y rostro amarillento que había huido al desierto con los Howeitat tras matar a un funcionario turco en una disputa sobre el impuesto al ganado. Los delitos contra los recaudadores de impuestos tenían un cariz comprensible para todos nosotros, y esto le confería a Gasim la aparente fama de una jovialidad que en realidad distaba mucho de ser cierta.
Parecíamos un grupo pequeño para conquistar una provincia nueva, y al parecer otros pensaban lo mismo; pues poco después Lamotte, el representante de Bremond ante Faisal, se acercó a caballo para hacernos una última foto de despedida.
Un poco más tarde llegó Yusuf, con el buen médico, Shefik y los hermanos de Nesib, para desearnos éxito en nuestra marcha. Participamos en una cena abundante, cuyos ingredientes el prudente Yusuf había traído consigo. Su no pequeño corazón tal vez desconfiara ante la idea de una cena a base de pan: ¿o era acaso el hermoso deseo de ofrecernos un último banquete antes de perdernos en el desierto del dolor y el mal refrigerio?
Tras su marcha cargamos los camellos, y antes de medianoche iniciamos otra etapa de nuestro viaje hacia el oasis de Kurr. Nasir, nuestro guía, había llegado a conocer este territorio casi tan bien como el suyo propio.
Mientras cabalgábamos a través de la noche estrellada y bañada por la luna, su memoria habitaba con mucha intimidad en su hogar.