trote apresurado de los camellos que anunciaban un desfile beduino, quizás de los rualla, o los sherarat, o los serahin, los serdiyeh o los beni sakhr, jefes de gran renombre como ibn Zuhair, ibn Kaebir, Rafa el Khoreisha, o algún patriarca de familia que demostraba su codiciosa buena voluntad ante los bellos ojos de Ali ibn el Hussein. Luego podía ser un galope salvaje de caballos: drusos, o los altivos y belicosos campesinos de la llanura árabe. A veces era una caravana prudente y de paso lento, a lomos de camellos, de la que descendían con rigidez políticos o comerciantes sirios no acostumbrados al camino. Un día llegaron cien armenios miserables, que huían del hambre y del terror suspendido de los turcos. Otro día aparecía un grupo impecable de oficiales a caballo, desertores árabes de los ejércitos turcos, seguidos, a menudo, por una compacta compañía de soldados rasos árabes. Siempre venían, día tras día, hasta que el desierto, que había estado desprovisto de huellas cuando llegamos, quedó salpicado de caminos grises.
Alí designó primero a uno, luego a dos y, por fin, a tres maestros de huéspedes, quienes recibieron la creciente marea de estos recién llegados, separando a los devotos de los curiosos, y los condujeron a su debido tiempo ante él o ante mí. Todos querían saber sobre el Jerife, el ejército árabe y los ingleses. Los comerciantes de Damasco trajeron regalos: dulces, sésamo, caramelo, pasta de albaricoque, frutos secos, ropa de seda para nosotros,