más desenfrenada entre las víctimas más fuertes, y una probabilidad de delitos violentos entre los testigos. Habrían sido peligrosos para mí, para ellos mismos o para el enemigo, según el capricho y la ocasión, si hubiéramos entrado en acción esa
Así que, en su lugar, le sugerí a Joyce que los egipcios y los gurkhas regresaran a Ácaba; proponiéndole además que me prestara un coche blindado para bajar con ellos hasta el ferrocarril, su primera etapa, y hacer lo que se pudiera.
Fuimos a ver a Nasir y a Nuri Said, y les dijimos que volvería el veintidós con máquinas de combate, para librarnos de los exploradores aéreos y de los bombardeos. Mientras tanto, indemnizaríamos a Taiyibe con dinero por los daños turcos, y Joyce prepararía campos de aterrizaje, aquí y en Um el Surab, de cara a mi regreso con nuestros refuerzos aéreos.
La demolición de aquella noche fue un embrollo fantástico. Nos trasladamos al atardecer a un valle abierto, a tres millas fáciles del ferrocarril. Podrían surgir problemas desde la estación de Mafrak. Mi coche blindado, con Junor de asistente en su Ford, vigilaría ese lado contra un avance hostil. Los egipcios avanzarían directamente hacia la vía y colocarían sus cargasexplosivas.
Mis guías fallaron. Vagamos durante tres horas en un laberinto de valles, incapaces de encontrar el ferrocarril, ni a los egipcios, ni nuestro punto de partida.
Por fin vimos una luz y nos dirigimos hacia ella, para encontrarnos frente a Mafrak. Dimos la vuelta para situarnos y oímos el traqueteo de una locomotora que avanzaba hacia el norte desde la estación. Perseguimos su destello intermitente, con la esperanza de alcanzarla entre nosotros y el puente roto; pero antes de que la alcanzáramos hubo destellos y explosiones a lo lejos, cuando Peake detonó sus treinta cargas.