había compuesto versos en el habla común del pueblo sobre la libertad que se acercaba para su raza. Nesib y sus amigos tenían un ritmo oscilante con el que entonaban estos cantos, poniendo toda la esperanza y la pasión en las palabras, sus pálidos rostros damascenos grandes como la luna a la luz del fuego, sudorosos. El campamento de soldados se quedaba en un silencio de muerte hasta que terminaba la estrofa, y entonces de cada hombre brotaba un eco suspirante y anhelante de la última nota. Solo el viejo Dhaif-Allah seguía salpicando con su agua, seguro de que, después de que hubiéramos terminado con nuestras tonterías, alguien aún necesitaría y compraría su verdura.
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