así como el viento, sentado; y un privilegio comer carne, carne en conserva, todos los días.
Por la mañana nos apresuramos a lo largo de nuestra cresta para llegar a Bair por la tarde. Por desgracia, hubo problemas con los neumáticos. El coche blindado era demasiado pesado para los pedernales y siempre se hundía un poco, avanzando con dificultad en tercera velocidad. Esto calentaba las cubiertas.
Soportamos una serie irritante de reventones, de paradas para levantar con el gato y cambiar rueda o neumático. El día era caluroso y llevábamos prisa, de modo que las repetidas maniobras de palanca y bombeo agotaron nuestra paciencia.
Al mediodía llegamos a la gran cresta vertebral hacia Ras Muheiwir. Prometí a los taciturnos conductores que el terreno iría de maravilla.
Y así fue. A todos nos volvió el ánimo, e incluso los neumáticos aguantaron mejor mientras avanzábamos a toda velocidad por la cresta sinuosa, oscilando en largas curvas de este a oeste y vuelta a empezar, contemplando ahora a la izquierda los valles poco profundos que tienden hacia Sirhan, ahora a la derecha hasta el Ferrocarril del Hiyaz. Puntos brillantes en la bruma de la distancia eran sus blancas estaciones iluminadas por el sol radiante.
Al atardecer llegamos al final de la cresta, descendimos a la hondonada y trepamos a cuarenta millas por hora por la falda de Hadi.
La oscuridad se vecina cuando atravesábamos los surcos de Ausaji hacia los pozos de Bair, donde el valle bullía de hogueras; Buxton, Marshall y el Cuerpo de Camellos estaban levantando el campamento, tras dos fáciles jornadas desde El Jefer.
Había rencillas entre ellos, pues Bair aún solo tenía dos pozos, y ambos estaban asediados.