La primera gran incursión en torno al Mediterráneo había demostrado al mundo el poder de un árabe exaltado durante un breve periodo de intensa actividad física; pero cuando el esfuerzo se desvanecía, la falta de resistencia y de rutina en la mente semítica se hacía igualmente evidente.
Las provincias que habían invadido las descuidaron, por pura repugnancia hacia el sistema, y tuvieron que buscar la ayuda de sus súbditos conquistados, o de extranjeros más vigorosos, para administrar sus imperios mal avenidos y rudimentarios.
Así, a principios de la Edad Media, los turcos se hicieron un hueco en los Estados árabes, primero como sirvientes, luego como ayudantes y después como un crecimiento parasitario que ahogó la vida del viejo cuerpo político.
La última fase fue de enemistad, cuando los Hulagús o Tamerlanes saciaron su sed de sangre, quemando y destruyendo todo lo que les molestaba con una pretensión de superioridad.
Las civilizaciones árabes habían sido de naturaleza abstracta, morales e intelectuales más que aplicadas; y su falta de espíritu cívico hizo que sus excelentes cualidades privadas resultaran estériles.
Tuvieron la fortuna de coincidir con su época: Europa había recaído en la barbarie y el recuerdo del saber griego y latino se iba desvaneciendo de la mente de los hombres. En contraste, el ejercicio imitativo de los árabes parecía culto, su actividad mental progresista y su estado próspero. Habían prestado un servicio real al preservar algo del pasado clásico para un futuro medieval.
Con la llegada de los turcos, esta felicidad se convirtió en un sueño. Por etapas, los semitas de Asia pasaron bajo su yugo y hallaron en él una