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nydus/Seven Pillars of WisdomPublic
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III. La mentalidad semítica

Si el miembro de una tribu y el habitante de la ciudad en el Asia de habla árabe no eran razas distintas, sino tan solo hombres en diferentes etapas sociales y económicas, cabía esperar un aire de familia en el funcionamiento de su mente, y por ello era apenas razonable que aparecieran elementos comunes en el producto de todos estos pueblos.

Ya desde el principio, en el primer encuentro con ellos, se constataba una claridad o dureza universal de creencia, casi matemática en su limitación y repulsiva en su forma antipática. Los semitas no tenían semitonos en su registro visual. Eran un pueblo de colores primarios, o más bien de blanco y negro, que veían el mundo siempre en contornos. Eran un pueblo dogmático, que desdeñaba la duda, nuestra moderna corona de espinas. No entendían nuestras dificultades metafísicas, nuestros interrogantes introspectivos. Solo conocían la verdad y la mentira, la creencia y la incredulidad, sin nuestra titubeante comitiva de matices más sutiles.

Este pueblo era blanco y negro, no solo en su visión, sino en su amoblamiento más íntimo: blanco y negro no meramente en claridad, sino en aposición. Sus pensamientos solo se sentían a gusto en los extremos. Habitaban los superlativos por elección.

A veces, las incoherencias parecían poseerlos a la vez bajo un dominio conjunto; pero nunca se comprometían: perseguían la lógica de varias opiniones incompatibles hasta extremos absurdos, sin percibir la incongruencia. Con cabeza fría y juicio tranquilo, impertérritamente inconscientes de la huida, oscilaban de asíntota a asíntota.

Eran un pueblo limitado y cerrado de miras, cuyas mentes inertes yacían en barbecho en una resignación sin curiosidad. Sus imaginaciones eran vívidas, pero no creativas.

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