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nydus/Seven Pillars of WisdomPublic
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VI

Sus instintos radicaban en la parodia: por preferencia era un caricaturista más que un artista, incluso en el arte de gobernar. Veía lo estrafalario en todo y pasaba por alto lo regular. Esbozaba en unos pocos trazos un mundo nuevo, totalmente desproporcionado, pero vívido como la visión de algunos aspectos de aquello que esperábamos. Su ayuda nos hizo bien y mal. Su última semana en París intentó expiar esto. Había regresado de un período de labor política en Siria, tras su terrible toma de conciencia de la verdadera forma de sus sueños, para decir valientemente: «Estaba equivocado: aquí está la verdad». Sus antiguos amigos no quisieron ver su nueva seriedad y lo creyeron inconstante y equivocado; y muy pronto murió. Fue una tragedia entre las tragedias, por la causa árabe.

No era un hombre salvaje, sino nuestro Mentor, Hogarth, nuestro padre confesor y consejero, que nos traía los paralelos y las lecciones de la historia, y la moderación, y el valor. Para los de fuera era un pacificador (yo era todo garras y dientes, y tenía un demonio dentro), y hacía que nos favorecieran y nos escucharan por su juicio ponderado. Poseía un delicado sentido del valor y nos presentaba con claridad las fuerzas ocultas tras los andrajos mugrientos y las pieles purulentas que nosotros conocíamos como árabes. Hogarth era nuestro árbitro y nuestro incansable historiador, que nos brindaba su gran conocimiento y su prudente sabiduría aun en las cosas más pequeñas, porque creía en lo que estábamos haciendo. Detrás de él estaba Cornwallis, un hombre de aspecto tosco, pero al parecer forjado en uno de esos metales increíbles con un punto de fusión de miles de grados. De modo que podía mantenerse durante meses más caliente que el rojo vivo de otros hombres y, sin embargo, parecer frío y duro.

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