Más allá de la cresta, el sendero descendía hacia un amplio espacio abierto, la Masturah, la llanura por la que el uadi Fura desembocaba en el mar.
Surcando su superficie con innumerables cauces entrelazados de piedra suelta, de pocas pulgadas de profundidad, se encontraban los lechos de las avenidas de agua, en aquellas raras ocasiones en que llovía en el Tareif y los cursos corrían embravecidos como ríos hacia el mar. El delta tenía aquí unas seis millas de ancho. Por alguna parte del mismo fluía agua durante una o dos horas, o incluso durante uno o dos días, cada muchos años.
Bajo tierra había abundante humedad, protegida del calor del sol por la arena que la cubría; y los árboles de espinos y el matorral disperso se aprovechaban de ella y prosperaban. Algunos troncos medían un pie de diámetro; su altura podía alcanzar los veinte pies.
Los árboles y arbustos se encontraban algo separados, en grupos, con sus ramas inferiores ramoneadas por los hambrientos camellos. Así parecían cuidados y tenían un aire premeditado, lo cual resultaba extraño en el desierto, más aún cuando el Tehama había sido hasta entonces de una sobria desnudez.
Dos horas río arriba, según me contó Tafas, se encontraba el desfiladero por el que el uadi Fura salía de las últimas colinas de granito, y allí se había construido un pequeño pueblo, Khoreiba, de acequias de agua corriente, pozos y palmerales, habitado por una pequeña población de libertos dedicada al cultivo de dátiles. Esto era importante. No habíamos comprendido que el lecho del uadi Fura servía como camino directo desde las cercanías de Medina hasta las