En particular en el oeste, las montañas de Siria y Palestina, de Hiyaz y Yemen, entraron una y otra vez en la corriente de nuestra vida europea. Éticamente, estas colinas fértiles y saludables estaban en Europa, no en Asia, así como los árabes miraban siempre hacia el Mediterráneo, no hacia el Océano Índico, en busca de sus simpatías culturales, de sus empresas y en particular de sus expansiones, dado que el problema migratorio era la fuerza mayor y más compleja de Arabia, y común a ella, por mucho que pudiera variar en los diferentes distritos árabes.
En el norte (Siria) la natalidad era baja en las ciudades y la mortalidad alta, debido a las insalubres condiciones y a la vida ajetreada que llevaba la mayoría. En consecuencia, el campesinado excedente encontraba oportunidades en los pueblos, donde era tragado por estos.
En el Líbano, donde se había mejorado el saneamiento, cada año se producía un mayor éxodo de jóvenes hacia América, lo que amenazaba (por primera vez desde la época griega) con cambiar la perspectiva de toda una región.
En el Yemen la solución fue distinta. No había comercio exterior, ni industrias masivas que concentraran población en lugares insalubres. Las ciudades eran meros mercados, tan limpios y sencillos como las aldeas ordinarias.
Por lo tanto, la población aumentó lentamente; el nivel de vida se redujo considerablemente; y se generalizó una congestión demográfica.
No podían emigrar de ultramar; pues el Sudán era un país aún peor que Arabia, y las pocas tribus que se aventuraron a cruzarlo se vieron obligadas a modificar profundamente su modo de vida y su cultura semítica para poder sobrevivir. No podían avanzar hacia el norte a lo largo de las colinas; pues estas estaban bloqueadas por la ciudad santa de La Meca y su puerto de Yida: