Informaron de que Nuri estaba casi listo y decidido a unirse a nosotros. El contagio del primer vigor de la nueva tribu había avivado en ellos una vida y un espíritu que nos alegraron a todos.
El diez llegaron los dos aeroplanos desde Ácaba. Murphy y Junor, los pilotos, se dedicaron a los tábanos, que retozaban en el aire ante su jugosidad.
El once llegaron los otros coches blindados y Joyce, con Stirling, pero sin Feisal. Marshall se había quedado para escoltarlo al día siguiente; y las cosas siempre iban bien allí donde Marshall, alma capaz, las dirigía con un humor cultivado, que no era tanto bullicioso como persistente.
Llegaron Young, Peake, Scott-Higgins y el equipaje. Azrak se pobló de gente y sus lagos volvieron a resonar con voces y el chapuzón de cuerpos morenos y delgados, morenos y fuertes, cobrizos o blancos en el agua transparente.
El once llegó el aeroplano de Palestina. Por desgracia, Dawnay volvió a ponerse enfermo, y el oficial de estado mayor que lo sustituyó (por ser novato) había sufrido severamente los sacudidas del aire y se había dejado atrás las notas que debía traernos. Su seguridad bastante tangible, propia de la mirada que el inglés acabado dirige al mundo, cedió ante estas sacudidas y ante el golpe final de nuestro descuido absoluto allí en el desierto, sin piquetes ni puestos de vigilancia, operadores de señales, centinelas o teléfonos, ni reservas aparentes, líneas de defensa, refugios ni bases.
De modo que olvidó su noticia más importante: cómo el seis de septiembre Allenby, con una nueva inspiración, le había dicho a Bartholomew: «¿Para qué molestarse con el Messudieh? Que la caballería vaya directamente a Afuleh y Nazaret»; y así todo el plan había cambiado, y un avance enorme e indefinido había sustituido al objetivo fijo. No