escolta de jinetes rualla, quienes, con la cabeza descubierta y dando gritos, nos dieron la bienvenida a la casa vacía de Nuri con un gran despliegue de lanzas y disparos desaforados de fusiles y revólveres a pleno galope a través del polvo.
Esta modesta mansión tenía algunas palmeras fructíferas, cercadas, y habían plantado junto al jardín una tienda mesopotámica de lona blanca.
Aquí se encontraba también la tienda de Auda, un enorme salón de siete postes de largo y tres de ancho; y la de Zaal estaba cerca, y muchas otras; y durante la tarde recibimos salvas de honor, delegaciones y regalos de huevos de avestruz, o exquisiteces de Damasco, o camellos, o caballos escuálidos, mientras el aire resonaba a nuestro alrededor con los gritos de los voluntarios de Auda exigiendo servicio, servicio inmediato, contra los turcos.
La situación pintaba bien, y pusimos a tres hombres a hacer café para los visitantes, que se fueron acercando a Nasir uno por uno o en grupos, jurando lealtad a Feisal y al Movimiento Árabe, según la fórmula de Wejh; y prometiendo obedecer a Nasir y seguirle con sus contingentes.
Además de sus obsequios formales, cada nuevo grupo depositaba en nuestra alfombra su regalo privado y accidental de piojos; y mucho antes del atardecer, Nasir y yo estábamos con fiebre, con relevo tras relevo de irritación.
Auda tenía un brazo rígido, consecuencia de una vieja herida en la articulación del codo, por lo que no podía rascarse por completo; pero la experiencia le había enseñado un método para introducir una vara de camello con empuñadura en T por su manga izquierda y girarla una y otra vez por dentro contra sus costillas, un método que parecía aliviarle el picor mucho más que nuestras garras a nosotros.