También Azrak era un lugar famoso, reina de estos oasis, más hermoso que Amruh, con su verdor y sus manantiales corrientes. Les había prometido a todos un baño; los ingleses, que no se habían lavado desde Ákaba, suspiraban por ello.
Mientras tanto, Amruh era maravillosa. Me preguntaban con asombro quiénes eran estos Reyes de Ghasán con sus salones y pinturas desconocidos. Pude contarles vagos relatos de su poesía y de guerras crueles: pero parecía una época muy lejana y de hojalata.
Al día siguiente marchamos con calma hacia Azrak. Cuando superamos la última cresta de guijarros de lava y vimos el círculo de las tumbas de Mejabar, el cementerio de más bella disposición, troté hacia adelante con mis hombres para asegurarme de que no hubiera imprevistos en el lugar y para volver a sentir su aislamiento antes de que llegaran los demás. Estos soldados parecían tan seguros que temía que Azrak perdiera su singularidad y fuera arrastrado de nuevo a la marea de la vida que lo había abandonado hacía mil años.
Sin embargo, ambos temores eran necios. Azrak estaba desprovista de árabes, hermosa como siempre, y más hermosa aún un poco más tarde, cuando sus estanques relucientes brillaron con los cuerpos blancos de nuestros hombres nadando, y el lento fluir del viento entre sus juncos se vio punteado por sus gritos alegres y los chapoteos que resonaban en el agua.
Hicimos un gran foso y enterramos nuestras toneladas de algodón pólvora para la expedición de Deraa en septiembre; y luego anduvimos errantes recolectando la baya escarlata de agua dulce de los arbustos de Saa.
«Uvas de los sharari», las llamaron mis seguidores, indulgentes con nuestro capricho.
Descansamos allí dos días, siendo tan grande el alivio de las pozas.