Esta maraña irregular de piedra tenía quizá un tercio de milla de ancho, y se extendía como un soto rojo a derecha e izquierda a través de nuestro camino.
Más allá, un sendero escalonado sobre salientes negros de piedra descompuesta nos condujo a una meseta cubierta de pequeños fragmentos sueltos de basalto azul negruzco.
Al cabo de un rato entramos en el uadi Diraa y marchamos por su cauce durante una hora o más, a veces sobre piedra gris suelta, a veces por un fondo de arena entre bajos rebordes de roca.
Un campamento abandonado con latas de sardinas vacías daba prueba de la presencia de Newcombe y Hornby. Detrás estaban las pozas cristalinas, y allí nos detuvimos hasta la tarde; pues ya estábamos muy cerca del ferrocarril y teníamos que beber hasta llenarnos el estómago y llenar nuestros pocos pellejos de agua, listos para la larga carrera hacia Fejr.
En la parada, Auda bajó a ver a Farraj y Daud ungir mi camello con mantequilla como alivio contra la intolerable picazón de la sarna que le había brotado recientemente en la cara. Los pastos secos del país de los Billi y el terreno infectado de Wejh habían causado estragos en nuestras bestias.
En toda la caballada de camellos de montar de Feisal no había ni uno solo sano; en nuestra pequeña expedición, cada camello se iba debilitando a diario. Nasir estaba lleno de ansiedad por miedo a que muchos flaquearan en la marcha forzada que teníamos por delante y dejaran a sus jinetes varados en el desierto.
No teníamos medicinas para la sarna y poco pudimos hacer al respecto a pesar de nuestra necesidad. Sin embargo, las friegas y los ungüentos hicieron que mi animal estuviera más cómodo, y los repetíamos tan a menudo como Farraj o Daud conseguían mantequilla en nuestro grupo.