Stokes había sufrido de lo lindo con la disentería la noche anterior, pero el sueño y el fin de la angustia lo curaron. Él, Lewis y yo, los únicos sin cargas, seguimos adelante a través de una inmensa planicie de lodo tras otra hasta que, justo antes del atardecer, nos encontramos al fondo del uadi Rum.
Esta nueva ruta era importante para nuestros automóviles blindados, porque sus veinte millas de lodo endurecido podrían permitirles llegar fácilmente a Mudowwara. De ser así, podríamos interrumpir la circulación de trenes cuando nos plazca.
Al pensar en esto, entramos en la avenida de Rumm, todavía magnífica con los colores del atardecer; los acantilados tan rojos como las nubes en el oeste, semejantes a ellas en escala y en la barra horizontal que alzaban contra el cielo. De nuevo sentimos cómo Rumm inhibía la emoción por su serena belleza. Tan abrumadora grandeza nos empequeñecía, despojándonos del manto de risas con el que habíamos cabalgado sobre las alegres llanuras.
La noche cayó y el valle se convirtió en un paisaje mental. Los acantilados invisibles auguraban presencias; la imaginación intentaba reconstruir el plano de sus almenas trazando el diseño oscuro que recortaban en el dosel de las estrellas. La negrura en la profundidad era muy real; era una noche para desesperar del movimiento. Solo sentíamos el esfuerzo de nuestros camellos mientras, hora tras hora, monótona y suavemente, abrían a hombros su insignificante camino por la llanura sin vallas, con el muro delante no más cerca y el muro detrás no más lejos que al principio.
Alrededor de las nueve de la noche nos hallábamos ante el foso donde yacían el agua y nuestro viejo campamento. Conocíamos su ubicación porque la profunda oscuridad allí se volvía húmedamente más oscura. Giramos nuestros camellos hacia la derecha y avanzamos hacia la roca, que alzaba sus cúpulas crestadas tan alto sobre nosotros que los cordones