algo típico, tan imbuido de nuestro carácter nacional como aquel barullo de risas parlanchinas que se oía allá a lo lejos era árabe. En sus crisis, una raza se replegaba, la otra se extendía.
Por la mañana, mientras el ejército desayunaba y quitaba el frío del alba de sus músculos al sol, expusimos a los jefes árabes en consejo la idoneidad de la línea para una incursión en automóviles; y se determinó que dos coches blindados bajasen hasta el puente y lo atacasen, mientras el grueso principal continuaba su marcha hacia Tell Arar, en el ferrocarril de Damasco, a cuatro millas al norte de Deraa.
Tomarían posición allí, adueñándose de la línea, al amanecer de mañana, diecisiete de septiembre; y nosotros, con los coches, habríamos terminado este puente y nos habríamos reunido con ellos antes de eso.
Hacia las dos de la tarde, mientras nos dirigíamos hacia el ferrocarril, tuvimos el gran espectáculo de un enjambre de nuestros aviones de bombardeo zumbando constantemente hacia Deraa en su primera incursión. Hasta entonces, el lugar se había mantenido cuidadosamente al margen de los ataques aéreos; por lo que los daños entre la guarnición, desacostumbrada, desprotegida y desarmada, fueron cuantiosos. La moral de los hombres se resintió tanto como el tráfico ferroviario: y hasta que nuestro ataque desde el norte los obligó a vernos, todos sus esfuerzos se centraron en cavar refugios a prueba de bombas.
Avanzamos a tirones por parcelas de hierba, entre malezas y campos de piedra tosca, en nuestras dos lanchas y dos coches blindados; pero llegamos sanos y salvos detrás de una última cresta, justo de este lado de nuestro objetivo. En la elevación al sur del puente se alzaba un blocao de piedra.
Quedamos en dejar los ténders aquí, a cubierto. Me trasladé, con ciento cincuenta libras de algodón pólvora, cebado y listo, a uno de los automóviles blindados, con la intención de avanzar pasivamente valle