Éramos tontos, todos igualmente tontos, y por eso nuestra rabia carecía de rumbo. Ahmed y Awad volvieron a pelearse; el joven Mustafa se negó a cocinar arroz; Farraj y Daud le dieron una paliza hasta hacerlo llorar; Ali mandó a apalear a dos de sus criados: y a ninguno de nosotros ni de ellos nos importaba un bledo. Teníamos la mente enferma de fracaso y el cuerpo cansado tras casi cien millas de tensión sobre terreno difícil y en malas condiciones, de puesta a puesta de sol, sin detenernos ni comer.
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