colinas naturales; y una nostalgia se apoderó de mí, acentuando vivamente mi vida de paria entre estos árabes, mientras explotaba sus más altos ideales y hacía de su amor por la libertad una herramienta más para ayudar a Inglaterra a vencer.
Era por la tarde, y sobre la recta barra del Sinaí que teníamos delante el sol bajo iba cayendo, con su orbe extravagantemente brillante ante mis ojos, porque estaba rendido de mi vida, anhelando como pocas veces los cielos melancólicos de Inglaterra.
Esta puesta de sol era feroz, estimulante, bárbara; avivaba los colores del desierto como un trago —tal como lo hacía en verdad cada tarde, en un nuevo milagro de fuerza y calor—, mientras que mis anhelos eran de debilidad, escalofríos y neblina gris, para que el mundo no fuera tan cristalino y claro, tan definitivamente correcto e incorrecto.
Nosotros los ingleses, que vivimos años en el extranjero entre extraños, íbamos siempre vestidos con el orgullo de nuestra recordada patria, esa extraña entidad que no tenía nada que ver con sus habitantes, pues quienes más amaban a Inglaterra solían ser los que menos querían a los ingleses.
Aquí, en Arabia, en la necesidad de la guerra, estaba cambiando mi honestidad por su sustento, inevitablemente.
En Ákaba se había reunido el resto de mi guardia personal, preparados para la victoria, pues les había prometido a los hombres del Haurán que pasarían esta gran festividad en sus aldeas liberadas: y la fecha estaba cerca. Así que por última vez formamos en la playa ventosa junto a la orilla del mar, con el sol sobre sus olas brillantes centelleando en rivalidad con mis hombres resplandecientes y cambiantes. Eran sesenta.