los carros blindados allá; los centinelas y piquetes estaban desplegados, con ametralladoras listas. Hasta los árabes estaban en un lugar táctico detrás de una colina, en apoyo, pero fuera de la vista y del oído: por arte de magia, el jerife Hazaa y él los habían mantenido donde los habían puesto. La lengua se me enroscó en la mejilla con el deseo de decir que lo único que faltaba era un enemigo.
Su conversación mientras desplegaba su plan profundizó mi admiración hasta abismos insondables. Había preparado órdenes de operaciones; cosas de aspecto ortodoxo con horas cero y una secuencia de movimientos.
Cada unidad tenía su deber asignado. Atacaríamos el «puesto del llano» al amanecer (coches blindados) desde la posición ventajosa del montecillo en el que Joyce y yo nos habíamos sentado a reírnos con amargura la última vez que fracasamos.
Los coches, con el tubo de escape cerrado, «tomarían posiciones» antes de la luz del día y tomarían las trincheras por sorpresa. Los furgones 1 y 3 demolerían entonces los puentes A y B del plano de operaciones (escala ¹⁄₂₅₀,₀₀₀) a la hora cero 1:30 mientras los coches avanzaban hacia el Puesto de la Roca y, con el apoyo de Hazaa y los árabes, lo asaltaban (hora cero 2:15).
Hornby y los explosivos, en los Talbots núm. 40531 y 41226, irían detrás de ellos y demolerían los puentes D, E y F mientras la fuerza almorzaba. Después del almuerzo, cuando el sol bajo permitía ver a través del espejismo, a la hora cero 8 para ser exactos, la masa unida atacaría el Puesto Sur; los egipcios desde el este, los árabes desde el norte, cubiertos por fuego de ametralladora de largo alcance desde los automóviles y por