Saquearon las tiendas, forzaron las puertas, registraron cada habitación, rompieron arcones y armarios, arrancaron todos los accesorios fijos y rajaron cada colchón y almohada en busca de tesoros ocultos; mientras el fuego de la flota abría grandes agujeros en cada muro o edificio prominente.
Nuestra principal dificultad fue el desembarco de provisiones. El Fox había hundido las gabarras y los botes de remos locales y no había ningún tipo de muelle; pero la ingeniosa Hardinge se metió en el puerto (que era lo bastante ancho pero demasiado corto) y desembarcó nuestras cosas en sus propios cúteres.
Reclutamos a un grupo de trabajo cansado de seguidores de ibn Shefia y, con su ayuda torpe o lánguida, conseguimos meter suficiente comida en el lugar para las necesidades del momento.
Los habitantes del pueblo habían regresado hambrientos y furiosos por el estado en el que se hallaba lo que había sido su propiedad; y comenzaron su venganza robando todo lo que estaba sin vigilancia, llegando incluso a rajar los sacos de arroz en la playa y a llevarse grandes cantidades en las faldas que se alzaban.
Faysal corrigió esto nombrando gobernador del pueblo al despiadado Maulud. Trajo a sus jinetes rudos y, en un solo día de arrestos masivos y castigos sumarios, persuadió a todos de que dejaran las cosas en paz. Después de eso, Wejh tuvo el silencio del miedo.
Aun en los pocos días que transcurrieron antes de mi partida hacia El Cairo, los beneficios de nuestra espectacular marcha comenzaron a materializarse. El movimiento árabe ya no tenía oponentes en Arabia Occidental y había dejado atrás el peligro de colapso. La incordiante cuestión de Rabeg había muerto: y habíamos aprendido las primeras reglas de la guerra beduina.