La gente de Tafila vivía con el miedo cerval al futuro. Estábamos, como de costumbre, escasos de alimentos y escasos de transporte, y ellos no querían remediar ninguno de los dos males.
Tenían trigo o cebada en sus graneros, pero lo ocultaban. Tenían animales de carga, asnos y mulas, en abundancia, pero se los llevaban a otro lugar por seguridad. También podrían habernos expulsado a nosotros, pero, por fortuna para nuestra causa, les faltaba valor para dar el paso definitivo.
La desidia era la aliada más poderosa del orden que les habíamos impuesto; pues el gobierno oriental no se basaba tanto en el consentimiento o la fuerza, cuanto en la incuria, la modorra y la desgana comunes, que otorgaban a una minoría una influencia desmedida.
Faysal había delegado el mando de este avance hacia el mar Muerto en su joven hermanastro Zeid. Era el primer cargo de Zeid en el norte, y partió rebosante de esperanza. Como consejero llevaba a Yafar Pasha, nuestro general. Su infantería, artilleros y ametralladores se quedaron atascados en Petra por falta de comida; pero el propio Zeid y Yafar cabalgaron hacia Tafila.
Las cosas estaban a punto de romperse. Auda afectaba una magnanimidad muy irritante para los muchachos Motalga, Metaab y Annad, hijos de Abtan, a quien el hijo de Auda había matado. Ellos, figuras ágiles, definidas y conscientes de sí mismas, empezaban a hablar con ínfulas de venganza: gorriones amenazando a un halcón. Auda declaró que los azotaría en la plaza del mercado si se ponían groseros. Esto estaba muy bien, pero sus seguidores superaban en dos a uno a los suyos, y tendríamos el pueblo envuelto en llamas. Los jóvenes, con Rahail, mi valentón, se paseaban fanfarrones por cada calle.