Codal
nydus/Seven Pillars of WisdomPublic
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XXIV

  • El ala derecha escuchó el verso con atención, lo repitió y lo cantó a coro una, dos y tres veces, con orgullo, complacencia y burla. Sin embargo, antes de que pudieran entonarlo por cuarta vez, el poeta del ala izquierda replicó de improviso, en el mismo metro, con la rima correspondiente y superando el sentimiento. El ala izquierda lo aclamó con un rugido de triunfo, los tambores volvieron a golpear, los abanderados desplegaron sus grandes estandartes carmesí y toda la guardia, derecha, izquierda y centro, rompió al unísono en el vibrante coro

«He perdido Britania, y he perdido la Galia, he perdido Roma y, lo peor de todo, he perdido a Lalage...»

sólo que era Nejd lo que habían perdido, y las mujeres de los Maabda, y su porvenir quedaba desde Yida hacia Suez.

Aun así era un buen canto, con un compás rítmico que a los camellos les encantaba, de modo que bajaban la cabeza, estiraban mucho el cuello y, con paso alargado, avanzaban con andandar pensativo mientras duraba.

Nuestro camino de hoy fue fácil para ellos, ya que discurría sobre firmes pendientes de arena, largas y lentamente ascendentes olas de dunas, desnudas salvo por el matorral en los repliegues, o palmeras estériles solitarias en las hondonadas húmedas. Más tarde, en una llanura amplia, dos jinetes vinieron al trote desde la izquierda para saludar a Feisal. Yo conocía al primero, el viejo, sucio y lagañoso Mohammed Ali el Beidawi, emir de los Juheina; pero el segundo me resultó extrañísimo. Cuando se acercó vi que vestía uniforme caqui, con una capa para cubrirlo y un pañuelo de cabeza y cordón de seda, muy torcidos. Alzó la vista, y allí estaba el rostro rojo y descamado de Newcombe, con ojos

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