Me preguntó acaloradamente qué pensaba yo de aquello. En respuesta, recurrí al artificio y repliqué con una bonita frase: confiaba en que sospechara de nuestra honradez cuando nos encontrara difamando a nuestros aliados en cartas privadas. El árabe sutilmente envenenado le agradó, y me dedicó el agudo cumplido de decir que sabía que éramos sinceros, ya que de otro modo no estaríamos representados en Yedá por el coronel Wilson. Ahí, con su característica ironía, su propia agudeza se ahorcó, al no percibir la doble sutileza que lo anulaba. No comprendía que la honradez pudiera ser el peón más rentable de los sinvergüenzas, y que Wilson era demasiado franco como para sospechar con prontitud o rapidez de la maldad en los dignatarios por encima de él.
Wilson jamás dijo ni una sola verdad a medias. Si se le ordenaba informar diplomáticamente al Rey de que el subsidio del mes no podía aumentarse por el momento, llamaba a La Meca y decía: «Señor, señor, no hay más dinero».
En cuanto a la mentira, no solo era incapaz de ella, sino también lo suficientemente astuto como para saber que era el peor peón de salida contra jugadores cuya vida entera había transcurrido en una bruma de engaños y cuyas percepciones eran de la más alta finura.
Los líderes árabes mostraban una plenitud de instinto, una confianza en la intuición, en lo imprevisto y de antemano sabido, que dejaba boquiabiertas a nuestras mentes centrífugas. Como las mujeres, comprendían y juzgaban con rapidez, sin esfuerzo, irracionalmente. Casi parecía como si la exclusión oriental de la mujer de la política hubiera conferido sus dones particulares a los hombres.
Algo de la rapidez, el secreto y la regularidad de nuestra victoria tal vez pudiera atribuirse a que esta doble dote compensaba y enfatizaba el extraño rasgo de que, de principio a fin, no hubo nada femenino en el movimiento árabe, salvo los camellos.