Nos metimos a gatas de nuevo juntos bajo el cobertizo, y allí, a escondidas, me palpé todo el cuerpo, para descubrir que ni una sola vez me habían herido de verdad; aunque, además de los moretones y cortes de la chapa de hierro y un dedo del pie roto, tenía cinco roces de bala distintos en el cuerpo (algunos de ellos incómodamente profundos) y la ropa hecha girones.
Desde el cauce pudimos mirar a nuestro alrededor. La explosión había destruido la boca abovedada de la alcantarilla, y el chasis de la primera máquina yacía más allá, al pie cercano del terraplén, por el que había rodado. La segunda locomotora se había precipitado en el abismo y yacía sobre el ténder destrozado de la primera. Su bastidor estaba retorcido. A juzgar por su estado, ambas eran irreparables. El segundo ténder había desaparecido al otro lado; y los tres primeros vagones habían chocado encajándose unos en otros y estaban hechos pedazos.
El resto del tren había descarrilado gravemente, con los vagones inclinados y topándose de extremo a extremo en todos los ángulos, haciendo eses a lo largo de la vía. Uno de ellos era un salón, decorado con banderas.
En él había viajado Mehmed Jemal Pasha, comandante del Octavo Cuerpo de Ejército, que se apresuraba a defender Jerusalén contra Allenby. Sus caballos de carga habían estado en el primer vagón; su automóvil estaba al final del tren, y lo acribillamos.
De su estado mayor reparamos en un eclesiástico gordo, que creímos que era Assad Shukair, imán de Ahmed Jemal Pasha y un notorio proxeneta pro-turco. Así que le disparamos a mansalva hasta que cayó.
Eran todo depresiones alargadas. Veíamos que nuestras posibilidades de apoderarnos del pecio eran escasas. Había unas cuatro a bordo, y los supervivientes, ya repuestos del impacto, estaban guarecidos y disparaban con fuerza contra nosotros.