barco de socorro. Decidí ir en persona con un grupo de ocho, en su mayoría Howeitat, en los mejores camellos de la fuerza; uno era incluso la famosa Jedhah, la de siete años por la que los Nowasera habían luchado contra los beni Sakhr. Mientras cabalgábamos alrededor de la bahía, discutimos la manera de hacer nuestro viaje. Si íbamos despacio, ahorrando fuerzas a los animales, podrían desfallecer de hambre. Si cabalgábamos duro, podrían venirse abajo por el agotamiento o las llagas en las patas en medio del desierto.
Finalmente acordamos mantener el paso de andar, por muy tentadora que fuera la superficie, durante tantas horas del día y de la noche como nuestra resistencia lo permitiera.
En tales pruebas de resistencia el hombre, sobre todo si era extranjero, solía desfallecer antes que la bestia: en particular, yo había cabalgado cincuenta millas al día durante el último mes, y estaba cerca de mi límite de fuerzas.
Si aguantaba, llegaríamos a Suez en cincuenta horas de marcha; y, para evitar paradas para cocinar en el camino, llevábamos trozos de camello hervido y dátiles asados en un trapo detrás de nuestras sillas de montar.
Subimos por la escarpa del Sinaí por el camino tallado en granito de los peregrinos, con su pendiente de uno a tres y medio. La ascensión fue dura por lo apresurada, y cuando alcanzamos la cresta antes del atardecer, tanto los hombres como los camellos temblaban de fatiga. Desde allí enviamos de regreso a un camello por considerarlo no apto para el viaje; con los demás avanzamos por la llanura hasta unos matorrales espinosos, donde ramonearon durante una hora.
Cerca de medianoche llegamos a Themed, los únicos pozos de nuestra ruta, en una limpia curva de valle bajo el desierto puesto de la policía del Sinaí. Dejamos que los camellos respiraran, les dimos agua y bebimos nosotros mismos.