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nydus/Seven Pillars of WisdomPublic
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CXIX

Un jinete a galope se detuvo ante nuestros pañuelos de cabeza en el automóvil, con un alegre saludo, extendiendo un racimo de uvas amarillas. > «Buenas noticias: Damasco los saluda». Venía de parte de

Nasir estaba un poco más allá: a él le llevamos la buena nueva, para que tuviera la entrada de honor, un privilegio de sus cincuenta batallas. Con Nuri Shaalan a su lado, le pidió un último galope a su caballo y desapareció por el largo camino en una nube de polvo, que pendía remisa en el aire entre las salpicaduras de agua.

Para darle una ventaja prudencial, Stirling y yo encontramos un pequeño arroyo, fresco en las profundidades de un cauce empinado. Junto a él nos detuvimos para lavarnos y afeitarnos.

Unos soldados indios nos miraron a nosotros, a nuestro coche y a la ajada guerrera y los pantalones cortos de campaña del conductor. Yo iba vestido enteramente a la árabe; Stirling, a excepción de su tocado, era un perfecto oficial de Estado Mayor británico. Su suboficial, un tipo obtuso y de mal genio, creyó que nos había hecho prisioneros. Una vez librados de su arresto, juzgamos que podíamos ir tras Nasir.

Muy silenciosamente subimos por la larga calle hacia los edificios del Gobierno, a la orilla del Barada.

El camino estaba abarrancado de gente, filas macizas en las aceras, en la calzada, en las ventanas y en los balcones o azoteas. Muchos lloraban, unos pocos vitoreaban débilmente, algunos más audaces coreaban nuestros nombres: pero sobre todo miraban y miraban, con la alegría brillando en sus ojos.

Un movimiento como un largo suspiro, desde la puerta hasta el corazón de la ciudad, marcó nuestro recorrido.

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