Silenciosamente recuperamos nuestros camellos y dormimos.
A la mañana siguiente desanduvimos el camino para dejar que un repliegue de la llanura nos ocultara del ferrocarril, y luego marchamos hacia el sur a través de la planicie arenosa; vimos huellas de gacela, órix y avestruz; con, en un lugar, viejas pisadas de leopardo.
Nos dirigíamos a las colinas bajas que delimitaban el otro lado, con la intención hacer volar un tren; pues Zaal decía que donde estas tocaban el ferrocarril había la clase de curva que necesitábamos para colocar minas, y que los espolones que la dominaban nos proporcionarían una emboscada y un campo de fuego para nuestras ametralladoras.
Así que giramos hacia el este por las crestas meridionales hasta llegar a menos de media milla de la vía. Allí el grupo se detuvo en un valle de treinta pies, mientras unos cuantos bajábamos a la vía, que se curvaba un poco hacia el este para evitar la punta del terreno más alto bajo nuestros pies. La punta terminaba en una meseta plana a cincuenta pies por encima de las vías, orientada hacia el norte al otro lado del valle.
Los metales cruzaban la hondonada sobre un terraplén elevado, atravesado por un puente de dos ojos para el paso del agua de lluvia. Este parecía un lugar ideal para colocar la carga. Era nuestro primer intento con minería eléctrica y no teníamos idea de qué pasaría; pero la lógica nos dictaba que el trabajo sería más seguro con un arco bajo el explosivo porque, fuera cual fuera el efecto sobre la locomotora, el puente volaría, y los vagones siguientes descarrilarían inevitablemente.
El saliente constituiría una posición admirable para los Stokes. Para las automáticas era un poco alto, pero el fuego de enfilada resultaría