que, habiendo tenido palabras con Salem, se había obcecado y lo había disparado de repente. Nuestra investigación terminó. Los ageyl, como parientes del difunto, exigieron sangre por sangre. Los demás los apoyaron; e intenté en vano convencer al apacible Alí. Me dolía la cabeza con fiebre y no podía pensar; pero apenas ni estando sano, con toda mi elocuencia, habría podido salvar a Hamed, pues Salem había sido un tipo simpático y su repentino asesinato, un crimen gratuito.
Entonces surgió el horror que haría que el hombre civilizado huyera de la justicia como de una peste si no tuviera a los menesterosos para que le sirvieran de verdugos a sueldo.
Había otros marroquíes en nuestro ejército; y dejar que los Ageyl mataran a uno en una disputa habría significado represalias con las que nuestra unidad se habría visto en peligro. Tenía que ser una ejecución formal y, al fin, desesperado, le dije a Hamed que debía morir como castigo, y eché sobre mí la responsabilidad de su muerte.
Tal vez no me considerarían apto para una venganza de sangre. Al menos, no cabría represalia alguna contra mis seguidores; pues yo era un extranjero y carecía de parientes.