estribaciones, crestas y racimos semejantes a castillos arruinados, arrojados de forma escarpada hasta el horizonte de la cordillera costera.
Como era costumbre en Wejh acampar muy separados, muchísimo, mi vida transcurría yendo y viniendo, a las tiendas de Faisal, a las tiendas inglesas, a las tiendas del ejército egipcio, al pueblo, al puerto, a la estación de telegrafía sin hilos, pateando todo el día sin descanso por aquellos senderos de coral en sandalias o descalzo, endureciendo mis pies, adquiriendo poco a poco la capacidad de caminar con poco dolor sobre un suelo afilado y ardiente, templando mi cuerpo ya entrenado para un esfuerzo mayor.
Los árabes pobres se extrañaban de que yo no tuviera yegua; y me guardé de confundirlos con explicaciones incomprensibles sobre endurecer el cuerpo, o de confesar que prefería caminar antes que cabalgar para ahorrarles esfuerzo a los animales: sin embargo, lo primero era cierto y lo segundo cierto.
Algo hiriente para mi orgullo, desagradable, surgía al ver estas formas inferiores de vida. Su existencia proyectaba un reflejo servil sobre nuestra especie humana: la manera en que un Dios nos miraría; y valerse de ellas, contraer con ellas una obligación evitable, me parecía vergonzoso.
Ocurría lo mismo con los negros, que tocaban los tam-tam hasta enloquecer de furia cada noche bajo la cresta. Sus rostros, al ser claramente diferentes de los nuestros, eran tolerables; pero dolía que poseyeran exactas réplicas de todos nuestros cuerpos.
Feisal, en el interior, trabajaba día y noche en su política, en la que tan pocos de nosotros podíamos ayudar. Afuera, la multitud nos empleaba y entretenía con desfiles, disparos de júbilo y marchas de la victoria. También hubo accidentes.