Aparentemente era una llanura, con una vista ilimitada cuesta abajo hacia el este, donde un plano suave tras otro iba modulándose lentamente en una distancia que solo merecía llamarse distancia por ser de un azul más tenue y difuminado. El sol naciente inundaba esta llanura descendente con una perfecta horizontalidad de luz, proyectando largas sombras de crestas casi imperceptibles, y toda la vida y el juego de un sistema de terreno complejo —aunque transitorio—; pues, mientras lo mirábamos, las sombras se encogieron hacia el alba, temblaron un último instante tras sus taludes de origen y se apagaron como a una señal común. La plena mañana había comenzado: el río de luz solar, dándoles de lleno y de manera nauseabunda en la cara a nosotros, las criaturas en movimiento, se derramaba imparcialmente sobre cada piedra del desierto por el que debíamos avanzar.
Auda emprendió la marcha hacia el noreste, apuntando a una pequeña collada que unía la baja cresta del Ugula con una colina elevada en la divisoria, a nuestra izquierda o norte, a unas tres millas de distancia.
Cruzamos la collada al cabo de cuatro millas y encontramos bajo nuestros pies pequeños y poco profundos surcos de cauces de agua en el suelo.
Auda los señaló, diciendo que corrían hacia el Nebk, en el Sirhan, y que seguiríamos su lecho cada vez más caudaloso hacia el norte y el este hasta dar con los Howeitat en su campamento de verano.
Un poco más tarde marchábamos sobre una cresta baja de lajas de arenisca con consistencia de pizarra, a veces bastante pequeñas, pero otras veces grandes losas de diez pies por lado y, tal vez, de cuatro pulgadas de espesor. Auda se puso al lado de mi camello y, señalando con su vara de montar, me dijo que anotara en mi mapa los nombres y la naturaleza de la tierra.