La robusta complexión y las botas de Kirkbride lo hacían idóneo para supervisar esta labor: mientras tanto, vi a Ali Raza Pasha y le pedí que nos destinara a uno de los cuatro médicos del ejército árabe.
Cuando él vino, apremiamos a los cincuenta prisioneros más aptos en la garita como cuadrilla de trabajo. Les compramos galletas y los alimentamos; luego los armamos con herramientas turcas y los pusimos en el patio trasero a cavar una fosa común.
Los oficiales australianos protestaron diciendo que era un lugar inadecuado, cuyo hedor podría ahuyentarlos de su jardín. Mi respuesta cortante fue que le pedía a Dios que así fuera.
Era crueldad hacer trabajar a hombres tan cansados y enfermos como nuestros desgraciados turcos, pero la prisa no nos dejaba otra opción. A patadas y golpes de sus suboficiales al servicio del vencedor, al fin se logró que obedecieran.
Comenzamos las labores en un hoyo de seis pies a un lado del jardín. Intentamos profundizar este hoyo, pero debajo había un suelo de cemento; así que dije que bastaría con que ampliaran los bordes. Cerca había mucha cal viva, que cubriría los cuerpos eficazmente.
Los médicos nos hablaron de cincuenta y seis muertos, doscientos agonizantes, setecientos sin gravedad.
Formamos un grupo de camilleros para bajar los cadáveres, algunos de los cuales se levantaban con facilidad, mientras que otros tuvieron que ser raspados a pedazos con palas.
Los porteadores apenas tenían fuerzas para mantenerse en pie durante su labor: de hecho, antes de terminar, habíamos sumado los cuerpos de dos de ellos al montón de hombres muertos en la fosa.
La trinchera les era pequeña, pero tan fluida era la masa que cada recién llegado, al ser volcado dentro, caía suavemente, rebosando apenas un