Buck resistió hasta quedar en una línea situada justo por encima de Thornton; entonces dio media vuelta y, con la velocidad de un tren expreso, se precipitó hacia él. Thornton lo vio venir y, justo cuando Buck lo golpeó como un ariete, con toda la fuerza de la corriente a su espalda, estiró los brazos y rodeó con ellos el peludo cuello. Hans aseguró la cuerda alrededor del árbol, y Buck y Thornton fueron arrastrados bajo el agua. Ahogándose, asfixiándose, a veces uno arriba y a veces el otro, siendo arrastrados por el fondo rugoso, estrellándose contra rocas y troncos sumergidos, se desviaron hacia la orilla.
Thornton volvió en sí, boca abajo y siendo violentamente mecido de un lado a otro sobre un tronco de deriva por Hans y Pete. Su primera mirada fue para Buck, sobre cuyo cuerpo lacio y Aparentemente sin vida Nig lanzaba aullidos, mientras Skeet le lamía el rostro mojado y los ojos cerrados.
Thornton estaba magullado y maltrecho, y examinó con cuidado el cuerpo de Buck, una vez que logró reponerse, encontrándole tres costillas rotas.
—Eso está decidido —anunció—. Acampamos aquí mismo.
Y acamparon, hasta que a Buck se le soldaron las costillas y pudo viajar.
Aquel invierno, en Dawson, Buck realizó otra hazaña, quizá no tan heroica, pero sí una que elevó su nombre muchos peldaños más en la jerarquía de la fama en Alaska. Esta hazaña fue particularmente gratificante para los tres hombres, pues necesitaban el equipo que les proporcionaba y pudieron realizar un viaje largamente ansiado al virgen Este, a donde los mineros aún no habían llegado.