—Nos dijeron arriba que el sendero se estaba desmoronando y que lo mejor que podíamos hacer era acampar —dijo Hal en respuesta a la advertencia de Thornton de no jugársela más con el hielo podrido—. Nos dijeron que no llegaríamos a White River, y aquí estamos.
Esto último lo dijo con un tono burlón de triunfo.
—Y te dijeron la verdad —respondió John Thornton—. Lo más probable es que el fondo se desplome en cualquier momento. Solo unos insensatos, con la suerte ciega de los insensatos, habrían podido cruzar. Te lo digo sin rodeos, no me jugaría el pellejo en ese hielo por todo el oro de Alaska.
—Supongo que es porque no eres un tonto —dijo Hal—. De todos modos, seguiremos hasta Dawson.
Desenroscó el látigo.
—¡Arriba, Buck! ¡Vamos! ¡Arriba! ¡A caminar!
Thornton siguió tallando. Sabía que era inútil interponerse entre un necio y su necedad; mientras que dos o tres necios más o menos no alterarían el orden de las cosas.
Pero el equipo no se levantó a la orden. Hacía tiempo que había pasado a la etapa en que se requerían golpes para despertarlo. El látigo destellaba aquí y allá en sus misiones despiadadas. John Thornton apretó los labios. Sol-leks fue el primero en arrastrarse hasta ponerse en pie. Teek le siguió. Joe vino después, aullando de dolor. Pike hizo dolorosos esfuerzos. Dos veces se cayó, cuando estaba a medio levantar, y en el tercer intento logró incorporarse.