La ley del garrote y del colmillo
El primer día de Buck en la playa de Dyea fue como una pesadilla. Cada hora estuvo llena de asombro y sorpresa.
Había sido arrancado repentinamente del corazón de la civilización y arrojado al corazón de lo primordial. No era esta una vida perezosa y bañana por el sol, sin más que hacer que holgazanear y aburrirse.
Aquí no había ni paz, ni descanso, ni un solo momento de seguridad. Todo era confusión y acción, y a cada instante la vida y los miembros corrían peligro. Había una necesidad imperiosa de estar constantemente alerta; pues estos perros y hombres no eran perros y hombres de ciudad. Eran salvajes, todos ellos, que no conocían otra ley que la ley del garrote y el colmillo.
Nunca había visto perros pelear como lo hacían aquellas criaturas parecidas a lobos, y su primera experiencia le enseñó una lección inolvidable.
Es verdad que fue una experiencia ajena, de lo contrario no habría vivido para aprovecharla. Curly fue la víctima.
Estaban acampados cerca del almacén de troncos, donde ella, de su manera amistosa, se acercó a un perro husky del tamaño de un lobo adulto, aunque ni la mitad de grande que ella. No hubo advertencia, solo un salto veloz como un relámpago, un chasquido metálico de dientes, otro salto igual de rápido hacia atrás, y la cara de Curly quedó desgarrada desde el ojo hasta la mandíbula.