Por el amor de un hombre
Cuando John Thornton se había congelado los pies el diciembre anterior, sus socios lo habían instalado cómodamente y lo habían dejado para que sanara, mientras ellos seguían río arriba para sacar una almadía de troncos para sierra con destino a Dawson.
Todavía cojeaba levemente cuando rescató a Buck, pero con la continua bonanza del tiempo, hasta esa leve cojera desapareció. Y allí, tumbado a la orilla del río durante los largos días primaverales, contemplando el agua corriente, escuchando perezosamente el canto de los pájaros y el zumbis de la naturaleza, Buck fue recuperando lentamente sus fuerzas.
Un descanso sienta muy bien después de haber viajado tres mil millas, y hay que confesar que Buck se volvió perezoso a medida que sus heridas sanaban, sus músculos se hinchaban y la carne volvía a cubrir sus huesos. A decir verdad, todos holgazaneaban —Buck, John Thornton, y Skeet y Nig—, esperando a que llegara la balsa que había de llevarlos río abajo hasta Dawson. Skeet era una pequeña perra setter irlandesa que pronto se hizo amiga de Buck, el cual, en estado moribundo, fue incapaz de rechazar sus primeros acercamientos. Poseía esa cualidad de enfermera que tienen algunos perros; y tal como una gata limpia a sus cachorros, así ella lavaba y desinfectaba las heridas de Buck. Todas las mañanas, regularmente, después de que él terminaba su desayuno, ella cumplía con su tarea autoimpuesta, hasta que él llegó a esperar sus atenciones tanto como las de Thornton. Nig, igualmente amigable, aunque menos efusiva, era un perro negro enorme, mitad sabueso y mitad lebrel, con unos ojos que reían y una bondad sin límites.