convulsivos se puso de pie, tambaleó y cayó. Luego avanzó reptando lentamente hacia donde les estaban poniendo los arneses a sus compañeros. Avanzaba las patas delanteras y arrastraba el cuerpo con una especie de movimiento a tirones, tras lo cual volvía a adelantar las patas delanteras y a avanzar a tirones unas pocas pulgadas más. Sus fuerzas lo abandonaron, y lo último que sus compañeros vieron de él fue que yacía jadeando en la nieve y anhelando estar con ellos. Pero aún pudieron oírlo aullar tristemente hasta que desaparecieron de su vista tras una franja de árboles de río.
Aquí el tren se detuvo. El mestizo escocés desanduvo lentamente sus pasos hacia el campamento que habían dejado. Los hombres dejaron de hablar. Sonó un pistoletazo. El hombre regresó apresuradamente.
Los látigos chasquearon, los cascabeles tintinearon alegremente, los trineos avanzaron penosamente por la pista; pero Buck sabía, y todos los perros sabían, lo que había ocurrido detrás de la franja de árboles del río.