Se necesitaron seis días de labor agotadora para recorrer esas treinta millas terribles. Y terribles lo eran, pues cada palmo de ellas se cumplía a riesgo de la vida para perros y hombres. Una docena de veces, Perrault, abriendo camino con la nariz, rompió los puentes de hielo, salvado por la larga pértiga que llevaba, la cual sostenía de tal modo que caía cada vez a través del agujero hecho por su cuerpo. Pero soplaba una ola de frío, con el termómetro registrando cincuenta grados bajo cero, y cada vez que caía al agua se veía obligado, por salvar la vida, a encender una fogata y secarse las ropas.
Nada lo amedrentaba. Era porque nada lo amedrentaba que lo habían elegido correo del gobierno. Tomaba toda clase de riesgos, hundiector resueltamente su carita seca y arrugada en la escarcha y batallando desde el alba turbia hasta la oscuridad.
Bordeaba las riberas amenazantes sobre hielo de orilla que se doblaba y crujía bajo los pies y sobre el cual no se osaba detener. Una vez, el trineo se hundió, con Dave y Buck, y estaban medio congelados y casi ahogados para cuando los sacaron a la rastra.
Fue necesario el fuego de costumbre para salvarlos. Estaban cubiertos de una capa sólida de hielo, y los dos hombres los mantuvieron corriendo alrededor de la fogata, sudando y deshelando, tan cerca que las llamas los chamuscaron.
En otra ocasión, Spitz se hundió, arrastrando a todo el equipo tras él hacia Buck, quien forcejeaba hacia atrás con todas sus fuerzas, con las patas delanteras sobre el borde resbaladizo y el hielo temblando y crujiendo por todas partes. Pero detrás de él estaba Dave, que también forcejeaba hacia atrás, y detrás del trineo iba François, tirando hasta que le crujían los tendones.
De nuevo, el hielo de la orilla se desprendió por delante y por detrás, y no hubo más escape que subir por el acantilado.