Por regla general, Perrault iba a la cabeza de la recua, apisonando la nieve con raquetas para facilitarles el trabajo. François, guiando el trineo desde la pértiga, a veces intercambiaba su puesto con él, pero no muy a menudo. Perrault tenía prisa y se enorgullecía de su conocimiento del hielo, un conocimiento indispensable, ya que el hielo otoñal era muy delgado y, donde había aguas rápidas, no había hielo en absoluto.
Día tras día, durante días interminables, Buck trabajó en los arneses.
Siempre levantaban el campamento en la oscuridad, y los primeros tonos grises del alba los encontraba en marcha, dejando atrás nuevas millas recorridas. Y siempre montaban el campamento después del anochecer, comiendo su porción de pescado y arrastrándose para dormir en la nieve.
Buck estaba hambriento. La libra y media de salmón seco al sol, que era su ración de cada día, parecía no ser nada. Nunca tenía suficiente y sufría de punzadas de hambre perpetuas. Sin embargo, los otros perros, debido a que pesaban menos y habían nacido para esa vida, recibían solo una libra de pescado y se las arreglaban para mantenerse en buena forma.
Perdió con rapidez el tiquismiquis que había caracterizado su vieja vida. Comedor quisquilloso, descubrió que sus compañeros, al terminar primero, lo despojaban de su ración inacabada. No había forma de defenderla. Mientras peleaba con dos o tres, esta iba desapareciendo por las gargantas de los demás. Para remediarlo, comía tan rápido como ellos; y, a tal punto lo empujaba el hambre, que no le importaba apropiarse de lo que no era suyo. Observó y aprendió. Cuando vio a Pike, uno de los perros nuevos, un hábil simulador y ladrón, robar disimuladamente una loncha de tocino cuando Perrault