Buck vio pasar dinero entre ellos, y no se sorprendió cuando Curly, un Terranova bonachón, y él fueron conducidos por el hombrezuelo reseco. Aquello fue lo último que vio del hombre del jersey rojo, y mientras él y Curly contemplaban el alejamiento de Seattle desde la cubierta del Narwhal, fue lo último que vio del cálido Sur. Perrault llevó a Curly y a él a la bodega y los entregó a un gigante de cara negra llamado François. Perrault era franco-canadiense y de tez morena; pero François era un mestizo franco-canadiense, y dos veces más moreno. Eran un nuevo tipo de hombres para Buck (de los cuales estaba destinado a ver muchos más), y aunque no llegó a sentir afecto por ellos, no por ello dejó de llegar a respetarlos sinceramente. Pronto aprendió que Perrault y François eran hombres justos, tranquilos e imparciales al administrar justicia, y demasiado sabios en el trato con los perros como se para dejar engañar por ellos.
En el entrepuente del Narwhal, Buck y Curly se unieron a otros dos perros.
Uno de ellos era un ejemplar grande y blanco como la nieve, procedente de Spitsbergen, que había sido llevado por un capitán ballenero y que más tarde había acompañado a una expedición geológica a las tierras baldías (Barrens).
Era amistoso, a su manera traicionera, sonriéndole a uno en la cara mientras meditaba alguna jugada sucia, como por ejemplo, cuando le robó la comida a Buck en la primera comida.
Cuando Buck se abalanzó para castigarlo, el chasquido del látigo de François sopló en el aire, alcanzando alculpable primero; y a Buck no le quedó más remedio que recuperar el hueso.
Aquello fue justo por parte de François, decidió, y el mestizo comenzó a ganar puntos en la estima de Buck.