hasta la más remota generación, y a cada pelo de su cuerpo y gota de sangre de sus venas; y él respondía a cada maldición con un gruñido y se mantenía fuera de su alcance. No intentaba huir, sino que retrocedía dando vueltas alrededor del campamento, dejando bien claro que, cuando se viera satisfecho su deseo, se acercaría y se portaría bien.
François se sentó y se rascó la cabeza. Perrault miró su reloj y maldijo. El tiempo volaba, y tendrían que haber estado en marcha hacía una hora.
François volvió a rascarse la cabeza. La sacudió y le sonrió con timidez al mensajero, quien se encogió de hombros en señal de que estaban vencidos.
Entonces François se acercó a donde estaba Sol-leks y llamó a Buck. Buck se rio, como ríen los perros, pero mantuvo su distancia. François desató los arneses de Sol-leks y lo devolvió a su viejo lugar. La jauría estaba enganchada al trineo en una línea ininterrumpida, lista para el camino. No había lugar para Buck sino al frente.
Una vez más llamó François, y una vez más Buck se rio y se mantuvo alejado.
—Tira el garrote —ordenó Perrault.
François accediera, tras lo cual Buck trotó hacia el interior, riendo triunfante, y giró para colocarse en su puesto a la cabeza de la jauría. Sus tirantes quedaron sujetos, el trineo se desprendió del hielo y, con ambos hombres corriendo, salieron disparados hacia la pista del río.
Por mucho que el trionero hubiera valorado a Buck, con sus dos demonios, descubrió, cuando el día aún era joven, que se había quedado corto. De un salto, Buck asumió las funciones de liderazgo; y allí donde se requería buen juicio, rapidez de pensamiento y de acción, demostró ser superior incluso a Spitz, de quien François nunca había visto un igual.