caminara, le suplicaron, la imploraron, mientras ella lloraba e importunaba al Cielo con un relato de la brutalidad de ellos.
En una ocasión la bajaron del trineo por la fuerza bruta. Jamás volvieron a hacerlo. Dejó las piernas flojas como las de una niña malcriada y se sentó en el sendero. Ellos siguieron su camino, pero ella no se movió. Después de haber recorrido tres millas, descargaron el trineo, volvieron por ella y, a fuerza de pura violencia, la subieron al trineo de nuevo.
En el exceso de su propia miseria, eran insensibles al sufrimiento de sus animales.
La teoría de Hal, que aplicaba con los demás, era que uno debía endurecerse. Había empezado por predicársela a su hermana y a su cuñado. Al fracasar en el intento, se la metió a golpes a los perros a bastonazos.
En los Cinco Dedos se acabó la comida para perros, y una india vieja y desdentada se ofreció a cambiarles unas cuantas libras de piel de caballo congelada por el revólver Colt que hacía compañía al gran cuchillo de caza en la cadera de Hal. Un pobre sustituto de la comida era aquella piel, tal como había sido arrancada de los caballos hambrientos de los ganaderos seis meses atrás.
En su estado de congelación se parecía más a tiras de hierro galvanizado, y cuando un perro se la tragaba, se deshacía en su estómago en finas tiras de cuero poco nutritivas y en una masa de pelo corto, irritante e indigesta.
Y a través de todo ello, Buck avanzaba tambaleándose a la cabeza de la jauría como en una pesadilla. Tiraba cuando podía; cuando ya no podía tirar más, caía al suelo y se quedaba allí hasta que los golpes del látigo o la cachiporra lo volvían a poner en pie.