Del costado del toro, justo delante del ijar, sobresalía el extremo emplumado de una flecha, lo cual explicaba su furia.
Guiado por aquel instinto procedente de los viejos días de caza del mundo primordial, Buck procedió a separar al toro de la manada. No era tarea fácil.
Ladraría y bailaría frente al toro, justo fuera del alcance de las grandes astas y de las terribles pezuñas abiertas que habrían podido aplastarle la vida de un solo golpe. Incapaz de dar la espalda al peligro provisto de colmillos y seguir adelante, el toro se veía llevado a paroxismos de rabia.
En tales momentos embestía contra Buck, quien retrocedía con astucia, atrayéndolo mediante una fingida incapacidad para escapar. Pero cuando así quedaba separado de sus compañeros, dos o tres de los toros más jóvenes volvían a embestir contra Buck y permitían que el toro herido se reintegrara a la manada.
Hay una paciencia de lo salvaje —terca, incansable, persistente como la vida misma— que mantiene inmóviles durante interminables horas a la araña en su tela, a la serpiente enroscada, a la pantera en su emboscada; esta paciencia pertenece en exclusiva a la vida cuando caza su alimento vivo; y le pertenecía a Buck mientras se aferraba al flanco de la manada, retrasando su marcha, irritando a los toros jóvenes, acosando a las vacas con sus terneros medio crecidos y volviendo loco al toro herido de una rabia impotente. Durante medio día esto continuó. Buck se multiplicaba, atacando por todos lados, envolviendo a la manada en un torbellino de amenaza, separando a su víctima tan pronto como podía reunirse con sus compañeras, agotando la paciencia de las criaturas presas, que es una paciencia menor que la de las criaturas depredadoras.
A medida que avanzaba el día y el sol se acostaba en el noroeste (la oscuridad había regresado y las noches otoñales duraban seis horas), los toros jóvenes desanduvieron sus pasos cada vez con más renuencia en auxilio de su acosado líder.