Era el modo de luchar del lobo: golpear y saltar hacia atrás; pero había algo más en aquello.
Treinta o cuarenta huskies acudieron al lugar y rodearon a los combatientes en un círculo atento y silencioso. Buck no comprendía aquella silenciosa atención, ni la forma ávida con la que se lamiendo el hocico.
Curly se abalanzó sobre su contrincante, quien volvió a golpear y se apartó de un salto. Él salió al encuentro de su siguiente embestida con el pecho, de un modo peculiar que la hizo perder el equilibrio. No volvió a levantarse.
Esto era lo que los huskies espectadores habían estado esperando. Se abalanzaron sobre ella, gruñendo y aullando, y quedó sepultada, gritando de agonía, bajo la masa de cuerpos erizados.
Tan repentino y tan inesperado fue, que Buck se quedó desconcertado. Vio a Spitz sacar la lengua escarlata a su manera de reír; y vio a François, blandiendo un hacha, saltar en medio de la confusa montonera de perros.
Tres hombres con garrotes lo ayudaban a dispersarlos. No llevó mucho tiempo. Dos minutos desde el momento en que Curly cayó, el último de sus agresores fue alejado a palos.
Pero ella yacía allí lánguida y sin vida en la nieve ensangrentada y pisoteada, casi literalmente hecha pedazos, con el mestizo moreno de pie sobre ella y maldiciendo horriblemente.
La escena volvía a menudo a la mente de Buck para perturbarlo en sueños. Así que ese era el método. Nada de juego limpio. Una vez caído, ese era tu fin. Bien, él se encargaría de que jamás lo tiraran al suelo.
Spitz sacó la lengua y volvió a reír, y desde ese momento Buck lo odió con un odio amargo e imperecedero.