que salía de la tienda hasta que volvía a entrar en ella, Buck lo seguía pegado a los talones. Sus amos pasajeros desde que había llegado al Norte le habían inculcado el miedo de que ningún amo pudiera ser permanente. Temía que Thornton desapareciera de su vida tal como habían desaparecido Perrault, François y el mestizo escocés. Aun en la noche, en sus sueños, este temor lo perseguía. En tales momentos se sacudía el sueño y se arrastraba por el frío hasta la entrada de la tienda, donde se quedaba de pie para escuchar el sonido de la respiración de su amo.
Pero a pesar de este gran amor que sentía por John Thornton, que parecía denotar su blanda influencia civilizadora, la veta de lo primitivo, que el Norte le había despertado, seguía viva y activa.
La fidelidad y la devoción, cosas nacidas del fuego y del hogar, eran suyas; sin embargo, conservaba su indómita naturaleza y su astucia. Era una criatura salvaje, salida del bosque para sentarse junto al fuego de John Thornton, más que un perro del blando Sur marcado por los sellos de generaciones de civilización.
A causa de su grandísimo amor, no podía robarle a este hombre, pero de cualquier otro hombre, en cualquier otro campamento, no dudaba ni un instante; al tiempo que la astucia con la que robaba le permitía escapar sin ser descubierto.
Su rostro y su cuerpo estaban surcados por los colmillos de muchos perros, y él luchaba con tanta fiereza como siempre y con mayor astucia. Skeet y Nig eran demasiado bondadosos para pelear —además, pertenecían a John Thornton—, pero el perro extraño, sin importar su raza o valor, reconocía rápidamente la supremacía de Buck o se encontraba luchando por su vida contra un antagonista terrible. Y Buck